Luz.
Mucha luz.
Y calor.
En la calle no había un alma.
Alcé la vista y me fijé en las últimas plantas del S.A. Stamph que tenía delante, un gran edificio de 45 plantas con tejado en forma de ábside. Me encontraba escondida en la entrada de un garaje, protejiéndome de la luz abrasadora, cuando de repente una pequeña astro-nave del tamaño de un helicóptero colisionó directamente contra el Stamph a la altura de las plantas 42 y 43. El ruido estruendoso me hizo parpadear y retroceder. En cuestión de segundos enormes trozos de bloque y cemento chocaban contra el asfalto destrozando vehículos y abriendo grietas en el suelo. Todo era polvo y luz cegadora. Al cabo de unos instantes me atreví a mirar a lo alto del Stamph y pude ver un enorme boquete en llamas.
Sin embargo, la astro-nave salió impoluta del agujero. Dibujó un círculo alrededor del edificio y se elevó rumbo al cielo.
Mucha luz.
Y calor.
En la calle no había un alma.
Alcé la vista y me fijé en las últimas plantas del S.A. Stamph que tenía delante, un gran edificio de 45 plantas con tejado en forma de ábside. Me encontraba escondida en la entrada de un garaje, protejiéndome de la luz abrasadora, cuando de repente una pequeña astro-nave del tamaño de un helicóptero colisionó directamente contra el Stamph a la altura de las plantas 42 y 43. El ruido estruendoso me hizo parpadear y retroceder. En cuestión de segundos enormes trozos de bloque y cemento chocaban contra el asfalto destrozando vehículos y abriendo grietas en el suelo. Todo era polvo y luz cegadora. Al cabo de unos instantes me atreví a mirar a lo alto del Stamph y pude ver un enorme boquete en llamas.
Sin embargo, la astro-nave salió impoluta del agujero. Dibujó un círculo alrededor del edificio y se elevó rumbo al cielo.
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A unos 200 metros del accidente, unos días más tarde, una silenciosa muchacha miraba a través del ventanal de un edificio en dirección a las Giants, la cadena montañosa más inhóspita de la comarca. El cielo seguía azul y la luz era molesta como poco, pero ella miraba a lo lejos entre los verdes árboles y las diminutas casas que un día fueron habitadas por seres humanos.
Una roca del tamaño de una de las casas se movió entre los árboles. Keira tensó la mandíbula, pero siguió su movimiento con la mirada, sin inmutarse.
La roca se irguió sobre sí misma y miró directamente hacia donde Keira se encontraba, a casi dos kilómetros de distancia. Se acurrucó hasta formar una enorme bola de piedra y avanzó hacia ella dando saltos gigantescos, hundiendo la tierra bajo su peso en cada salto.
Lentamente, Keira activó sus cuatro acuo-agujas de los antebrazos.
Si con una de ellas conseguía acertar de lleno en las grietas, detonaría y haría pedazos la roca en nanosegundos. La proto-agua de las agujas se activaría en su interior y explotaría como la dinamita.
De hecho, las primeras veces que se usaron las acuo-agujas para detonar fue en los muros de contención de escombros de la ciudad, pero éstos hacía ya unos años que se vertían en las incineradoras móviles y las agujas pasaron a ser unos valiosos instrumentos de defensa contra Las Rocas.
Esos antiguos muros de contención fueron los que un día separaron la ciudad de la cordillera de las Giants.
Sin apartar la vista de la roca, abrió la ventana con cuidado y esperó.
Una roca del tamaño de una de las casas se movió entre los árboles. Keira tensó la mandíbula, pero siguió su movimiento con la mirada, sin inmutarse.
La roca se irguió sobre sí misma y miró directamente hacia donde Keira se encontraba, a casi dos kilómetros de distancia. Se acurrucó hasta formar una enorme bola de piedra y avanzó hacia ella dando saltos gigantescos, hundiendo la tierra bajo su peso en cada salto.
Lentamente, Keira activó sus cuatro acuo-agujas de los antebrazos.
Si con una de ellas conseguía acertar de lleno en las grietas, detonaría y haría pedazos la roca en nanosegundos. La proto-agua de las agujas se activaría en su interior y explotaría como la dinamita.
De hecho, las primeras veces que se usaron las acuo-agujas para detonar fue en los muros de contención de escombros de la ciudad, pero éstos hacía ya unos años que se vertían en las incineradoras móviles y las agujas pasaron a ser unos valiosos instrumentos de defensa contra Las Rocas.
Esos antiguos muros de contención fueron los que un día separaron la ciudad de la cordillera de las Giants.
Sin apartar la vista de la roca, abrió la ventana con cuidado y esperó.
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El día que Keira observaba las montañas yo andaba buscando desesperadamente a mi amigo para avisarle de una horrible sospecha, pero no lo veía por ningún sitio y empecé a asustarme. Todo eran cabezas andantes y trajes cromados.
Era el día del Mercado Internacional, la gente se agrupaba en colas de 3 o 4 filas para pasar por delante de las pantallas y descargar los hologramas que querían comprar para sus hijos. También era el día de los "Pajaritos", una cursa no oficial a muerte entre voluntarios que se celebraba accidentalmente cuando Las Rocas olían el mercado y bajaban al bosque en busca de alimento. Todavía no se sabía bien porqué nos asesinaban sólo en días de mercado o cuando estábamos en las alturas de algún lugar.
Por fin encontré a Sasha, estaba comprobando una compra reciente parado en medio del mercado, de espaldas al camino que llevaba al bosque. Le conté mis sospechas y le argumenté que debíamos irnos de inmediato de ese lugar, pues nuestra vida corría peligro inminente.
Una voz a lo lejos, un niño. Y luego otros más. Los gritos llegaron hasta nosotros:
- ¡¡Pajaritos!!
- ¡¡Pajarííííítooos!!
La gente enmudeció y el miedo sembró sus rostros. Todos dejaron de comprar y se escondieron entre los tenderetes y los cables. Sasha y yo nos quedamos en silencio. Un sudor frío perló mi frente al instante y la adrenalina comenzó a drenar mis músculos. Teníamos que escapar o moriríamos.
- Corre. Y no te detengas.
No hicieron falta más palabras. Salimos al trote lo más rápido que pudimos y nos internamos en el bosque a toda velocidad.
Mientras corría, podía oir los árboles romperse contra la dura superficie de Las Rocas que saltaban a ambos lados de nuestro camino, persiguiéndonos. Cuando giraba la vista veía la piedra de sus cuerpos rodando y saltando mientras despellejaban las ramas que se cruzaban a su paso. Y el ruido, eso era lo que más nos acongojaba. Cuando se movían, sus pasos sonaban como cien tormentas en el océano.
Nos querían cazar, y nosotros nos agotábamos.
Llegamos al final del bosque y unas escaleras nos condujeron a la entrada de un edificio medio derruido. Inexplicablemente nos topamos con un disperso grupo de personas que patinaban por su vestíbulo. Los apartamos de un empujón y continuamos nuestra carrera hacia el final de un pasillo que bifurcaba en dos direcciones opuestas. De fondo, escuché el grito desgarrador de uno de los patinadores al crujir sus huesos bajo los puños de una Roca. El otro monstruo no se detuvo a merendar, sinó que acortó la distancia entre nosotros y decidió que me perseguiría a mí, pues tomé el camino de la izquierda.
Era el día del Mercado Internacional, la gente se agrupaba en colas de 3 o 4 filas para pasar por delante de las pantallas y descargar los hologramas que querían comprar para sus hijos. También era el día de los "Pajaritos", una cursa no oficial a muerte entre voluntarios que se celebraba accidentalmente cuando Las Rocas olían el mercado y bajaban al bosque en busca de alimento. Todavía no se sabía bien porqué nos asesinaban sólo en días de mercado o cuando estábamos en las alturas de algún lugar.
Por fin encontré a Sasha, estaba comprobando una compra reciente parado en medio del mercado, de espaldas al camino que llevaba al bosque. Le conté mis sospechas y le argumenté que debíamos irnos de inmediato de ese lugar, pues nuestra vida corría peligro inminente.
Una voz a lo lejos, un niño. Y luego otros más. Los gritos llegaron hasta nosotros:
- ¡¡Pajaritos!!
- ¡¡Pajarííííítooos!!
La gente enmudeció y el miedo sembró sus rostros. Todos dejaron de comprar y se escondieron entre los tenderetes y los cables. Sasha y yo nos quedamos en silencio. Un sudor frío perló mi frente al instante y la adrenalina comenzó a drenar mis músculos. Teníamos que escapar o moriríamos.
- Corre. Y no te detengas.
No hicieron falta más palabras. Salimos al trote lo más rápido que pudimos y nos internamos en el bosque a toda velocidad.
Mientras corría, podía oir los árboles romperse contra la dura superficie de Las Rocas que saltaban a ambos lados de nuestro camino, persiguiéndonos. Cuando giraba la vista veía la piedra de sus cuerpos rodando y saltando mientras despellejaban las ramas que se cruzaban a su paso. Y el ruido, eso era lo que más nos acongojaba. Cuando se movían, sus pasos sonaban como cien tormentas en el océano.
Nos querían cazar, y nosotros nos agotábamos.
Llegamos al final del bosque y unas escaleras nos condujeron a la entrada de un edificio medio derruido. Inexplicablemente nos topamos con un disperso grupo de personas que patinaban por su vestíbulo. Los apartamos de un empujón y continuamos nuestra carrera hacia el final de un pasillo que bifurcaba en dos direcciones opuestas. De fondo, escuché el grito desgarrador de uno de los patinadores al crujir sus huesos bajo los puños de una Roca. El otro monstruo no se detuvo a merendar, sinó que acortó la distancia entre nosotros y decidió que me perseguiría a mí, pues tomé el camino de la izquierda.
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Nota: Ésto es un sueño que tuve hace tiempo y recuerdo que extrañamente tenía tres etapas. Lo viví como si fuera real y recuerdo la calor, el miedo y la fatiga de la carrera. Está un poco fabulado para enriquecer el texto y la imaginación, pues los sueños ya son complicados de explicar como para escribirlos al detalle. Espero que guste :)
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on miércoles 27 de mayo de 2009
at 07:27
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SUEÑOS,
TECLEADAS
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